Wednesday, June 19, 2019
I
Nunca he planeado seriamente el suicidio. Me he peguntado agudamente en varios periodos de mi vida y con distintos estados emocionales para qué me sirve estar vivo. Qué propósito tiene, qué mayor ganancia hay frente a tanto reto, presión, vicisitud.
Hay tiempos en los que he pensado en la muerte con seriedad, visto que la vida a veces no da para ningún significado, ni siquiera los más subjetivos, los más baratos: hay días, semanas, tiempos, en los que los químicos del cerebro que te hacen inventar un sentido a las cosas tienen el tanque vacío, se van de vacaciones o, tienen una crisis y se están reinventando, y uno se queda viviendo por inercia, como un vegetal, con la conciencia hueca de propósito.
Así que han sido varias las veces en mi vida en las que he pensado, sincera y convencidamente, que daría los mismo estar muerto porque, aunque luego sobrevengan periodos de entusiasmo, objetivamente (esto es indiscutible), la verdad es que daría exactamente igual.
Pero ir a comprar unas hojillas, o investigar la cantidad de pastillas que debo tomar; escoger entre un ahogo etílico o un viaje balcón-asfalto, la verdad nunca lo he hecho. Esa, la de la ideación suicida, suele ser una pregunta que los terapeutas hacen como quien no quiere la cosa, para que no te sientas juzgado, como quien pregunta si tomas café en la mañana o eres friolento. Tienes ideación suicida? La verdad es que no. Creo que el suicidio implica una determinación tan grave que en él hay una resolución, una creencia. Por ejemplo, de que la vida es insoportable.
Los suicidas tienen todos unos ritos porque sus finales son unos grandes mensajes: para quienes no los quisieron, para los que creen en un mundo posterior, o para los que no: quiero que sepan que me quito la vida, es una consecuencia, o algo que les quiero transmitir. Sé que los haré sufrir. Pero lo que tengo que decir es más importante. Aún más importante que lo que tenga que sufrir para morir. Tan importante que he decidido tener la valentía de pasar por esto antes de irme.
Toda esa significación a mi me rehúye. Si suicidarse representara tanto para mí, entonces la vida siempre tendría sentido. Por otra parte, el suicidio comporta un acto de una valentía temeraria: no sólo se trata de las implicaciones físicas y su carga de sufrimiento, sino de las probabilidades de que sea irreversible y, en peores casos, de que, de no morir, quedes lesionado o avergonzado tan profundamente que hayas de arrepentirte.
Quizás yo sea un caso (y estoy seguro somos una legión) en el que la flojera actúe como una defensa de la especie. Pues suicidarse tiene en sí mismo una intensidad y una serie de cargas, además de la logística y sus connotaciones, que a mí me dan un poco de hastío, de abominación emocional, de bostezo.
El gran problema de la vida, en etapas, es precisamente que su propósito es inasible como para hacer afirmaciones tan grandilocuentes como la de un suicidio.
La vida está llena de volúmenes a los que vamos asistiendo, manejando, administrando, de acuerdo al combustible de nuestras creencias.
Desde pequeños estamos expuestos a un sinnúmero de estímulos que todos asumimos con más o menos fervor, dependiendo de nuestro esqueleto emocional y capacidades intelectuales. Con resultados mayores, menores o mediocres.
Con los años, la educación y las inevitables vueltas que da la vida, aprendemos que, en realidad, casi nada significa nada de manera permanente. Todo lo que un día pensamos que habíamos hecho por y para una cosa, luego se cae al vacío, ausente de significado. Desde los recuerdos hasta el futuro, desde los valores hasta la gloria del éxito y el sinsabor de los fracasos, son todos escenarios relativos, pintados por nuestras habilidades cerebrales, que en sí no significan nada.
Vivir, es, a fin de cuentas, un acto de fe. Y para nosotros a los que un orden más grande que nuestra vida es, en el mejor de los casos, un enigma, la fe es escurridiza. Se presenta y se va, nos hala y nos abandona. Y cada vez que tratamos de racionalizarla, de darle un sistema, de convertirla en teoría, lo que hacemos es arruinarla aún más, pues la fe no es susceptible de ser entendida.
Lo más probable es que la fe, como casi todo, no sea más que una sensación, arbitraria, imposible de decretar. Hay gente que cree sin tener ninguna razón objetiva para hacerlo, o, por el contrario, hay descreídos que viven en un mundo que debería indicarles que sobran las razones para tener fe. Y en el medio hay matices de esperanzados y creyentes, que van de deprimidos a entusiastas, de escépticos a optimistas, religiones mediante, o a través de sistemas de creencias personales o familiares.
Si tener fe pudiera aprenderse, a las iglesias no les habría tomado matar tantos millones de personas para que manifestaran sus creencias. La palabra de Cristo no amenazaría si dudas. Ni a los musulmanes les tomaría decretar como enemigos a todos los que no creyeran en lo que ellos dicen creer.
Porque la fe es como la libertad. Irredenta. Pero a diferencia de la libertad, no es un valor, sino que es inasible, te acompaña o no, te guía o se va, te impulsa y te deja. Creer es una falacia. Y las falacias, como casi cualquier afirmación, son un acto de magia que en cualquier momento se disuelve.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
I
Nunca he planeado seriamente el suicidio. Me he peguntado agudamente en varios periodos de mi vida y con distintos estados emocionales para ...
No comments:
Post a Comment