Wednesday, June 19, 2019

I

Nunca he planeado seriamente el suicidio. Me he peguntado agudamente en varios periodos de mi vida y con distintos estados emocionales para qué me sirve estar vivo. Qué propósito tiene, qué mayor ganancia hay frente a tanto reto, presión, vicisitud. Hay tiempos en los que he pensado en la muerte con seriedad, visto que la vida a veces no da para ningún significado, ni siquiera los más subjetivos, los más baratos: hay días, semanas, tiempos, en los que los químicos del cerebro que te hacen inventar un sentido a las cosas tienen el tanque vacío, se van de vacaciones o, tienen una crisis y se están reinventando, y uno se queda viviendo por inercia, como un vegetal, con la conciencia hueca de propósito. Así que han sido varias las veces en mi vida en las que he pensado, sincera y convencidamente, que daría los mismo estar muerto porque, aunque luego sobrevengan periodos de entusiasmo, objetivamente (esto es indiscutible), la verdad es que daría exactamente igual. Pero ir a comprar unas hojillas, o investigar la cantidad de pastillas que debo tomar; escoger entre un ahogo etílico o un viaje balcón-asfalto, la verdad nunca lo he hecho. Esa, la de la ideación suicida, suele ser una pregunta que los terapeutas hacen como quien no quiere la cosa, para que no te sientas juzgado, como quien pregunta si tomas café en la mañana o eres friolento. Tienes ideación suicida? La verdad es que no. Creo que el suicidio implica una determinación tan grave que en él hay una resolución, una creencia. Por ejemplo, de que la vida es insoportable. Los suicidas tienen todos unos ritos porque sus finales son unos grandes mensajes: para quienes no los quisieron, para los que creen en un mundo posterior, o para los que no: quiero que sepan que me quito la vida, es una consecuencia, o algo que les quiero transmitir. Sé que los haré sufrir. Pero lo que tengo que decir es más importante. Aún más importante que lo que tenga que sufrir para morir. Tan importante que he decidido tener la valentía de pasar por esto antes de irme. Toda esa significación a mi me rehúye. Si suicidarse representara tanto para mí, entonces la vida siempre tendría sentido. Por otra parte, el suicidio comporta un acto de una valentía temeraria: no sólo se trata de las implicaciones físicas y su carga de sufrimiento, sino de las probabilidades de que sea irreversible y, en peores casos, de que, de no morir, quedes lesionado o avergonzado tan profundamente que hayas de arrepentirte. Quizás yo sea un caso (y estoy seguro somos una legión) en el que la flojera actúe como una defensa de la especie. Pues suicidarse tiene en sí mismo una intensidad y una serie de cargas, además de la logística y sus connotaciones, que a mí me dan un poco de hastío, de abominación emocional, de bostezo. El gran problema de la vida, en etapas, es precisamente que su propósito es inasible como para hacer afirmaciones tan grandilocuentes como la de un suicidio. La vida está llena de volúmenes a los que vamos asistiendo, manejando, administrando, de acuerdo al combustible de nuestras creencias. Desde pequeños estamos expuestos a un sinnúmero de estímulos que todos asumimos con más o menos fervor, dependiendo de nuestro esqueleto emocional y capacidades intelectuales. Con resultados mayores, menores o mediocres. Con los años, la educación y las inevitables vueltas que da la vida, aprendemos que, en realidad, casi nada significa nada de manera permanente. Todo lo que un día pensamos que habíamos hecho por y para una cosa, luego se cae al vacío, ausente de significado. Desde los recuerdos hasta el futuro, desde los valores hasta la gloria del éxito y el sinsabor de los fracasos, son todos escenarios relativos, pintados por nuestras habilidades cerebrales, que en sí no significan nada. Vivir, es, a fin de cuentas, un acto de fe. Y para nosotros a los que un orden más grande que nuestra vida es, en el mejor de los casos, un enigma, la fe es escurridiza. Se presenta y se va, nos hala y nos abandona. Y cada vez que tratamos de racionalizarla, de darle un sistema, de convertirla en teoría, lo que hacemos es arruinarla aún más, pues la fe no es susceptible de ser entendida. Lo más probable es que la fe, como casi todo, no sea más que una sensación, arbitraria, imposible de decretar. Hay gente que cree sin tener ninguna razón objetiva para hacerlo, o, por el contrario, hay descreídos que viven en un mundo que debería indicarles que sobran las razones para tener fe. Y en el medio hay matices de esperanzados y creyentes, que van de deprimidos a entusiastas, de escépticos a optimistas, religiones mediante, o a través de sistemas de creencias personales o familiares. Si tener fe pudiera aprenderse, a las iglesias no les habría tomado matar tantos millones de personas para que manifestaran sus creencias. La palabra de Cristo no amenazaría si dudas. Ni a los musulmanes les tomaría decretar como enemigos a todos los que no creyeran en lo que ellos dicen creer. Porque la fe es como la libertad. Irredenta. Pero a diferencia de la libertad, no es un valor, sino que es inasible, te acompaña o no, te guía o se va, te impulsa y te deja. Creer es una falacia. Y las falacias, como casi cualquier afirmación, son un acto de magia que en cualquier momento se disuelve.

II

Se disuelve si no comimos bien, si hemos estado muy cansados, si hemos recibido un abandono reciente y estamos deprimidos. Se disuelve si las angustias económicas no nos dejan pensar en la realidad figurada sino en la material. Creer es un acto superior, que nos hace misteriosamente aún más sorprendentes que nuestra capacidad de abstraer, relacionar y recordar, que es, en definitivas cuentas, de lo que se trata pensar. Creer le da sentido al pensamiento, objetivo a la vida, gasolina al cuento. Cuando uno cree, Dios, esta fantasía redentora que los humanos se han hecho de millones de formas, se convierte en el personaje de ficción y más abarcadora obra del hombre posible: una mujer silueta que hace llover y te seduce al oído, un barbudo polvoriento con sabiduría que crece en forma de canas, un sol cuyo poder místico va mucho más allá de sus rayos de luz, un profeta que lo mismo puede hablar diversas lenguas que cultivar el silencio, un Dios que castiga y moraliza, y otro que sólo se solidariza, un Dios que no necesita explicaciones y hasta uno que parte de la idea supremacista de que también nosotros somos una forma de Dios. Creer nos permite librar en el mundo de las fantasías el sentido de la realidad más pragmática. Hacer que las horas de vigilia encuentren un lugar en la historia que a duras penas, pero con hermosa belleza, hemos creado para que los significados se acompañen en un infinito rompecabezas cuyo principio y final siempre desconoceremos. Y creer en Dios es quizás la máxima aspiración que un hombre como artífice cultural puede tener. Pero desde esa elevación hasta el subsuelo, la vida está llena de creencias. Hay quienes creen en valores que han adquirido de su cultura, como el sufrimiento, el desapego, la productividad o el individuo. Hay quienes creen en la amistad o en la familia, en el amor o en el dinero, hay quienes creen en el trabajo o en la culpa, quienes creen en el esfuerzo, en la constancia o en el conocimiento. Hay quienes creen en la excelencia, en que todos los días se puede ser mejor. Hay quienes creen que las drogas producen un estado de conciencia que abre nuevas puertas del ser. Y hay quienes creen en los sueños, en la hipnosis, en la terapia, en la brujería, en el naturismo, como medio de aportarle propósito a su vida. Mientras creemos, llenamos de identidad nuestra existencia. Le damos peso al respiro. Nos diferenciamos de otros, bien sea que con intolerancia querramos su extinción o que con sosiego pensemos que podemos coexistir. Pero creer siempre nos da color. Nos hace una nota en la canción de la vida. Nos hace sentir parte de la orquesta. El problema está cuando creer es un acto que se esfuma. Bien sea porque estamos deprimidos, porque la educación nos permite saber que, detrás de cada creencia, hay un por qué, desmenuzable y cuestionable, porque la realidad nos demuestra que lo que creemos es relativo, caprichoso o depende de ciertas circunstancias. Sólo hay ciertas fuerzas que están más allá de lo que podamos abordar o cuestionar con nuestra razón, como por ejemplo, la motivación que como padres sentimos por amar, proteger, educar y brindar una buena vida a nuestros hijos, que pareciera es una fuerza indeleble de la naturaleza, en pro de la preservación de la especie, que no depende de lo que creamos, de la idea que tengamos de nosotros mismos, de lo que esperemos o aspiremos de la vida. De resto (hay tantas variadas excepciones como personas hay), creer parece ser una espuma que se sostiene por tiempos, a veces prolongados, a veces diminutos, y que nunca parece ser absoluta. Ocurre, sí, porque podemos decidir no creer en ciertas cosas, pero es imposible no creer en nada nunca. De creencias está hecha también nuestra madera. Pero así como algunas de ellas nos ciegan y son deconstruidas con educación y procesos reflexivos o científicos, las creencias se nos desplazan como el vacío de una alfombra, que cuando crees tener solucionada a un lado, se ha abombado por otro insospechado. Es un buen problema para tener. Creer puede negarnos y convertirnos en animales estupidizados, como los nazis el siglo pasado, los cristianos de la edad media, los fanáticos fundamentalistas o la fiebre revolucionaria comunista, que sustituyó a Dios por una doctrina política. Pero sin creencias no hay apuesta, no hay la búsqueda de un orden, no hay propósito. Deja de haber un vaso medio lleno o medio vacío: está todo vacío. Tomando en cuenta entonces que las creencias absolutas coinciden con seres humanos más parecidos al resto de los animales, de un uso mínimo del lóbulo frontal, tendientes a las reacciones extremas como el asesinato o la intolerancia, y que, por otro lado, la educación deconstruye los grandes, los medianos y las pequeñas creencias, aunque no puede evitar que ellas existan, algunos seres vivientes estamos condenados a vivir en la medianía.

III

Hay días, horas, semanas, épocas en las que creer, aunque siga estando ahí (nos levantamos porque creemos que debemos hacerlo por un conjunto de razones más, a menos de que estemos clínicamente deprimidos), no se ve. Se vuelve invisible. Nuestras creencias son mínimas. Nos alcanzan para sobrevivir. Quizás para sonreír en un par de ocasiones en el día. Y listo. Nos alcanzan para estar en el terreno que más o menos hemos decidido, en el cuadrilátero de la ética personal, dentro de los límites de la convivencia, en los parámetros aceptados de responsabilidad y alguno que otro permiso personal al que hemos acostumbrado a nuestro entorno: ponerle mucha azúcar al café, escuchar el noticiero, pararse muy temprano, quedarse callado al terminar el trabajo. Pero a las creencias les cuesta subir de volumen. Sobre todo hay una época en la vida, quizás esta a la que yo estoy llegando, en la que uno sabe ya por los años recorridos que nada será suficientemente absoluto e importante como para que la vida mágicamente se convierta en otra cosa. Usted puede sufrir una gran desgracia o ganarse la lotería, ser muy reconocido en lo que hace o ser abandonado, y a la postre, pasado el golpazo, las cosas volver a valer lo mismo. Sufriremos el mismo dolor o el mismo malestar si nos enfermamos. Nos moriremos y padeceremos la desaparición de nuestros seres queridos, como cualquier vecino mortal. Lloraremos la partida de nuestras mascotas. Nos pondremos de mal humor cuando tengamos sueño o hambre. No hay revolución, religión, cultura ni ideologías que haya borrado la línea de nuestras limitaciones, alcanzado las ficciones de la trascendencia o resuelto el enigma que supone estar vivos. No ha habido manera de zafarnos, desde que estamos conscientes de nuestra existencia, de esta comprobación de absurdidad de la vida, que empieza y termina sin explicación aceptable. Eso sí, la historia abunda en explicaciones que han servido a grupos para hacerse del poder y obtener sus objetivos. Desde que el hombre es hombre se ha hecho de verdades que le han permitido organizar la sociedad, avanzar en sus creencias, hasta que dicha civilización decae y da paso a una nueva que impone sus creencias nuevas, evolucionan con su poder y decae. Y así. En ese camino las civilizaciones han ido avanzando, tomando el conocimiento previamente adquirido, modificando sus valores. El hombre moderno ha descubierto hace unos cuantos siglos, por ejemplo, que la idea de Dios es eso, una idea. Y que como idea es tan válida o rebatible como la ida de otro Dios, con otra lógica, o la idea de que Dios no existe, o, incluso, una tercera idea que es la de no saber si Dios existe o no. En tanto que esto ha sido descubierto, se ha aceptado con los siglos que no sólo existe la idea de Dios, sino las que vienen de nuestras culturas, las ideas que provienen de la ciencia, las ideas que viene cada individuo. Pero todas falibles. Se nos ha presentado la mística, la resurrección, el mercado, la solidaridad, el comunismo, el hinduismo y pare usted de contar, como ideas absolutas en las que, si usted se acoge, vuelve su vida una multiplicación de propósitos, un dechado de coherencia. Pero la verdad es que las ideas, por definición (desde que Aristóteles habló de ellas ha sido así), son una imagen, una representación de una manera de entender las cosas. Y toda representación es solo un espejo de la realidad. La realidad, por si sola, no significa nada. Entender esto ha liberado al hombre del yugo que ha comportado obedecer a las ideas de otro que está en el poder. Incluso aún cuando en el sentido fáctico existan regímenes totalitarios, la simple existencia de la educación es un antídoto, al menos a lo interno del ser, de que el conocimiento evoluciona, es dinámico, cambiante, y que no hay idea capaz de resistir los tiempos, ni poder que logre sostenerse en ellas. Y al estar liberados de ideas absolutas, el hombre ha encontrado la posibilidad de encontrarse a si mismo sin los escrúpulos impuestos, sin tener que rendirle pleitesía al poder, sea este mundano o divino. La vida se vuelve así un hecho creativo, cuyo destino y propósito es ordenado, por una parte, claro está, por el entorno inmediato y cultural que a cada ser humano le tocó, pero por el otro, por la libertad interior, que puede escoger a qué atenerse o no, elabora sus límites y sus desafueros. Si Dios no existe, como afirmó liberadoramente Sartre en sus conferencias, todo está permitido. Y cuando habla de Dios, dice uno que se refiere también a toda idea totalitaria. A la idea de que la vida deba ser tal o cual cosa para que tenga sentido anterior o posterior, a la idea de que, aún obedeciendo normas de la que no pueda escapar, requiera de un sistema de aprobaciones para que valga más o menos, pues el bien y el mal, la satisfacción y el vacío, son categorías creadas y comulgadas, pero no absolutas ni inamovibles. Porque son ideas. Son el reflejo de otros seres humanos respecto a la realidad, y no la realidad como tal, que está vacía de significados. Visto así, la vida se convierte entonces en una jungla desierta, que espera que nosotros le demos el color que mejor nos plazca, y que nosotros recorremos con la libertad que nos permite las normas que nos rodean, y las que decidimos escoger.

IV

IV El problema es precisamente ése. Que el descubrimiento de la libertad es, también, el descubrimiento de la nada. El pensamiento crítico hijo de la ciencia, que tanta civilización ha traído y que ha disminuido tanto nuestra crueldad, en comparación con tiempos remotos, mantiene a raya nuestras creencias, nos hace libres y nos invita a empoderarnos para construir el mundo como mejor lo imaginemos. Depende de nuestra voluntad. Y la voluntad no se compra. No se decreta. No se estimula. Uno puede tener disciplina. Hacer ejercicios a las 5 am independientemente de que quiera o no, y al final, antes de bañarse, agradecer haberse parado aunque todavía no hubiese amanecido, para sudar un poco. Eso no quiere decir que uno tuviese ganas de hacerlo. Y sin ganas no hay voluntad. Y sin ese deseo, aún haciendo las cosas, esas cosas, no tienen significado. Porque los significados los hace la experiencia hacia el pasado, pero hacia el futuro, depende de nuestras creencias, de nuestro sueños, de nuestros anhelos. Y nuestros anhelos, apuestas, creencias y sueños, así como las religiones, son todos discutibles, relativos, cuestionables. Uno puede tener el ímpetu genuino y cándido de construir una empresa, cualquiera que ella sea, y si a eso de las dos de la tarde, porque ha bajado la producción química del cerebro, o porque nos hemos encontrado un obstáculo en el camino que nos hiere, o nos amenaza o nos produce mucha flojera, ir y encontrar una razón para seguir (a menos de que sean tus hijos, que son razones que están más allá de ti), visualizar un constructo lógico que nos recuerde por qué queremos y para qué lo que estábamos haciendo, es muy difícil. No es difícil elaborarlo, no. Las editoriales del mundo están repletas de libros que le mercadean a muchísimos lectores caminos para darle significado a las cosas, para aprender a ser ellos mismos, para vivir con fe. El problema de todas esas verdades a media es que no se sostienen. Porque todas son un acto de fe. Y la fe, qué pena volverlo a decir, es, en el mejor de los casos, como el sol, que a veces se nubla, o pierde fuerza en invierno, o no se ve en seis meses, si estás en un polo. La fe es una llama arbitraria, que está o no está, no puede construirse. Se nutre de deseo, y el deseo es, como la fe, caprichocito, anómico, indómito. Contar con la fe es, a fin de cuentas, volver al principio. Suelte a un gorila que hubiese estado encerrado en su jaula y verá como no necesariamente sale a disfrutar de su libertad. Hasta que un día la curiosidad lo pica. Muchos religiosos a ultranza (y cuando digo religiosos no me refiero a penas a los que son activos en una religión, sino a los que están encausados en alguna doctrina -política, religiosa, moral) repiten mantras que les hacen regresar al camino que se han trazado para vivir de una y otra manera. Hasta los alcohólicos consiguieron su “concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar, y la sabiduría para saber la diferencia”. Que es una afirmación llena de comprensión, posibilidades y esperanza. Pero aún la verdad más universal desvanece de significado cuando nosotros no estamos en capacidad de dárselo. Y, qué fastidio yo, no siempre creemos. No siempre estamos en disposición para darle un manto de sentido a las cosas, a las palabras, a las ideas. Así que en ese lindero vivimos. En el de la lucha entre la ausencia de significados y los significados absolutos. Los significados que le damos a las cosas nos hacen humanos. Toda la gracia de nuestra existencia, toda posibilidad de satisfacción, todo eso que llamamos felicidad -que no es sino la visión subjetiva que tenemos de nosotros mismos en un momento determinado- no es posible sin nuestra capacidad, arbitraria y alterada, de darle significados a las cosas. Pero por otra parte, la razón que nos liberó de las creencias absolutas, las herramientas que nos han permitido no ser objeto del yugo del Dios de algunos o de las religiones políticas de otros, nos hacen saber que nuestras ideas, con los significados que les hemos impregnado y lo que creemos en ellas, son siempre relativas, pueden ser vistas desde muchos ángulos, pueden significar otras cosas distintas o exactamente lo contrario según donde se vean. Y tener eso claro nos hace tolerantes, nos mantiene abiertos, nos permite que nuestra idea tome de otras ideas y se modifique. Pero también le resta volumen a la creencia original que produjo esa idea y su significado. Y nos pone a vivir en la medianía.

V

V Toda causa de impulso, toda creencia, es relativa. Toda sensación de absoluto es un espejismo. Nada significa nada a menos de que le prestemos el significado. Las cosas en realidad son solo cosas, sin lo que nosotros le añadimos desde nuestro cerebro. Y nuestro cerebro, y su capacidad para producir creencias, es, digamos, para no ser desconsiderado con nuestra marca diferenciadora, único. Único, que quiere decir, arbitrario, auténtico, de su propia cosecha. Así que nuestras historias, puede que lleguen a ser relativamente universales, empíricamente comprobadas, y hasta comúnmente aceptadas como justas, o bellas, u oscuras, tenebrosas, deshonestas. Pero siempre son eso. Historias. La vida en general, en ciernes, está ausente de significados. Sólo que, nosotros, para poder vivir, le fabricamos permanentemente significados, sentidos, contenidos afectivos. Todo cuanto está a nuestro alrededor lo convertimos en símbolo. Algunos individuos, grupos y comunidades culturales, pasan la vida jurando que sus creencias son absolutas y que el resto de la humanidad, pobres de ellos, no han podido encontrar “la verdad”. Para otros, en cambio, el mundo que nos rodea tiene siempre un recordatorio, escrito en letras chiquitas, que nos dice que, en realidad, todo cuanto pensemos es eso, una idea, un reflejo, una impresión. Y eso nos salva, nos limita de la intolerancia, nos quita la razón absoluta, nos hace flexibles, inseguros de cosas que pueden sentirse como verdades, nos permite pensar que quizás lo que ve el otro también vale, y nos abre la puerta a cambiar. Pero también nos arruina. Nos pone a nadar la vida en el mundo de la relatividad. Que es un mundo rico, poliforme, infinito. Pero también, hay que decirlo, es un mundo mediano, leve, prescindible. Cuando la vida es un acto consciente, o tiende a volverse consciente, al menos en vigilia, de que nada de lo que pensamos o percibimos es así, sino que es sólo nuestra manera de procesarlo, la trascendencia se vuelve un acto infantil, hipotético. La vida se vuelve un acuerdo. Una convención. Cambiable, perecedero, impuro, sin máximas sostenibles. De alguna manera, eso nos salva (si nos acordamos) de los fetiches, los racismos, los supremacismos y los puritanismos. De las ideologías, del sectarismo y de la “otredad”. Al fin y al cabo, la percepción de que tenemos la razón o de que somos mejores, de que estamos en lo cierto o nuestro grupo es tal o cual cosa a diferencia de aquel otro que es tal o aquella, es eso, una percepción. Así, la justicia es un acuerdo, por ejemplo, para que la vida en colectivo nos sea conveniente a todos. El bien es un conjunto de valores que escogemos entre todos para que más o menos coincidamos en que no está bien robar, matar o ser deshonestos (son valores de este momento de la historia de la civilización). Escogemos que unas drogas son moralmente aceptables y hasta cierto nivel, por encima de otras que decidimos no aceptables en ningún nivel. Pero todo va cambiando. Las drogas de antes ahora no son aceptadas. El alcohol, por ejemplo, ilegal hace un siglo, ahora reina en el mundo entero. La poligamia, que hasta hace nada era un asunto de algunas religiones, comienza a permitirse si se trata de una decisión consensuada que respeta las individualidades. Y la idea de que los negros, los homosexuales o las mujeres pertenecen a una categoría distinta de congéneres, natural hasta hace apenas décadas, hoy es completamente despreciable. Por eso hay valores que parecen grandes paradigmas de los que sospecho desde muy en el fondo, y me he atrevido a racionalizar, como la excelencia, por ejemplo. La excelencia académica o profesional son como un alto estandarte que se repite en uno y otro ámbito como si tal cosa de verdad existiera. Como si en efecto trabajando más o estudiando más pudiéramos ser mejores o distintos. Como si, de alguna manera, pudiéramos vivir en la fantasía de que la vida no es sino esta medianía, a veces soporosa e insignificante, en la que nada en realidad importa demasiado, excepto por los significados que cada uno de nosotros le da. Significados que, además, no son solo relativos y arbitrarios, sino que encima varían en el tiempo. Es desolador. O puede serlo. En el fondo, todos somos, o mejor lo digo a título personal, no puedo ser otra cosa, que un mediocre. La verdad objetiva (que no existe, porque ni siquiera los objetos son tales, esa es una categoría que hemos inventado) no tiene significados distintivos que sean universales, sino, en todo caso, compartidos, acordados, pero siempre relativos y perecederos. Así que mi unicidad es tal solo en tanto que la noto. Y notarle es ya un acto individual, que sólo existe en la cabeza de cada uno de nosotros.

VI

Vivir puede darnos la impresión eventual de que se trata de un hecho extraordinario. Y la conciencia nos hace vivir nuestra historia, la propia y la colectiva, con un numeroso, nutrido y poderoso grupo de signos afectivos que nos hacen creernos parte de una historia, toda coherente, alucinante, excitante y épica. Vale. Pero están las pendientes bajas en las que nos desprendemos de todos esos significados, que desaparecen o cambian, y así como nos liberan del pasado (que sólo existe en nuestra psique), también nos dejan huecos como el inexplicable e insignificante enigma que somos. Ahí es donde está el reto. En el desaliento. En que nada sea verdad. En que la vida se convierta en una apuesta aunque su escenario sea la nada. Leo a Anne Sexton, una maravillosa poeta americana que intentó suicidarse diez veces hasta que lo logró (“fue un gran alivio”, afirma su hija, al presentar una antología de sus poemas varias décadas después), e identifico ese inevitable abismo que cualquier ser humano inteligente y sensible debe sentir al cerciorarse de que la vida, en ciernes, no tiene propósito. Su obra versaba sobre ese recorrido. Sobre la insuficiencia del amor, sobre el atractivo con que la presencia de la muerte rondaba su vida, con lo vacío de sus actos. Sus versos son un hermosísimo homenaje al despropósito de la vida. Hasta que logró escabullirse. Pero no puedo escapar a la sensación de que, con sus numerosos intentos y su éxito final, Anne no quería otra cosa que desquitarse. Expresar la enorme rabia que le producía que la vida no se estuviera sobre las ideas a las que tenemos acceso. Y que quizás se viera aún más contrastada viendo que la mayoría de la gente vive alrededor entorno a creencias que le son suficientes para hacerse un marco, sostenerse y obrar con un sentido aparente. Su suicidio fue, en alguna medida, la respuesta a al vacío que producen las falsas expectativas. Anne reclamó hasta morir. No pudo dar un paso más allá de su frustración. A mi no me pasa eso. La vida es a veces jodida, y otras insoportablemente fastidiosa. Algunas veces se desvanece por su ausencia de sentido, o por lo indescubrible del mismo. Y eso hace que algunos días sean exactamente iguales que otros, como gotas de agua, que parecen milagrosas y mágicas, pero que son invisibles, insignificantes y sin peso, a pesar de la teoría del efecto mariposa. Para mí la comprensión de que la vida, en su arbitraria, exagerada o nula significación, solo me produce desaliento. No encuentro en ella la responsabilidad de darme o regalarme cosas de la que ni siquiera tiene conciencia, pues no es sino una comprensión abstracta que yo hago con mi masa encefálica. Así que en mis peores días no estoy bravo de estar vivo. Sino que me da igual. El desaliento se me convierte en un estado inerme, desde el cual, así como entiendo que nada vendrá, no hay lógica, la coherencia yuxtapuesta de los eventos es apenas una proyección de mi comprensión. Estar ahí me permite entonces no esperar nada. Y ahí entonces ocurre el milagro del extrañamiento. Darse cuenta de lo maravillosamente compleja que son las cosas sencillas no tan sencillas que nos rodean: el aire y su composición química que nos permite respirar y estar vivos. El agua que tomamos, su transparencia, su presencia en nuestro cuerpo, su llegada a través de la lluvia, y en los mares y en los ríos. En el desaliento somos capaces de notar, porque no se lo pedimos a la vida, la maravilla de nuestro cuerpo, tan increíblemente sofisticado en órganos, escrupulosamente distribuido en funciones, con sus arterias y venas comunicándoles como ciudades, con sus huesos funcionando como materia firme y la piel como biósfera que protege del resto de los espacios. Todo controlado desde el comando superior nervioso que es nuestro cerebro, donde están nuestras emociones y nuestro sentido de la belleza. Y con ese sentido de la belleza nos apreciamos, sentimos lo que hacemos y nos llenamos de una motivación que nos permite, a su vez, construir todas esas creencias que nos dejan acumular conocimientos, creer en nosotros mismo, e inventar el mundo, protegernos de lo que de la naturaleza nos amenaza, y darle rienda sueltas a nuestras noblezas y a nuestras más primitivas fuerzas: la ambición, el amor, la propiedad, la trascendencia, el sentido de pertenencia. Todo lo sublimes y salvajes que podemos ser. Lo constructivo y tanáticos. Todo lo amorosos y nocivos. Todo lo sofisticados y básicos. Todo parte de la nada. De inventar significados que no existen con nuestras capacidades. Hasta que nos olvidamos de que esos significados eran arbitrarios. Y pasados años, décadas, o generaciones, nos volvemos a acordar. Porque nos ha tocado vivir el absurdo de la guerra o el destierro. O simplemente un ser amado nos ha abandonado. Y todos se pone en perspectiva. No somos nada. Sólo somos lo que podemos crear. Pero esa creación es ficticia. Es un pacto, un acuerdo, que un día, tarde o temprano, se va. Desde el desaliento creamos y somos libres. Y al desaliento volvemos cuando se nos arranca cuanto hemos erigido. Como Sísifo. Y la batalla sigue ahí. En que, más allá de la supervivencia de la especie, vivamos para que sea bello. Aunque no tengas fe. Que insistamos, aunque nadie lo vea y en realidad no signifique nada. En vivir como un acto de magia. Sabiendo que alguien vendrá a descubrirlo. Con el agravante y el privilegio de que ese alguien puedes ser tú mismo.

I

Nunca he planeado seriamente el suicidio. Me he peguntado agudamente en varios periodos de mi vida y con distintos estados emocionales para ...