Wednesday, June 19, 2019

II

Se disuelve si no comimos bien, si hemos estado muy cansados, si hemos recibido un abandono reciente y estamos deprimidos. Se disuelve si las angustias económicas no nos dejan pensar en la realidad figurada sino en la material. Creer es un acto superior, que nos hace misteriosamente aún más sorprendentes que nuestra capacidad de abstraer, relacionar y recordar, que es, en definitivas cuentas, de lo que se trata pensar. Creer le da sentido al pensamiento, objetivo a la vida, gasolina al cuento. Cuando uno cree, Dios, esta fantasía redentora que los humanos se han hecho de millones de formas, se convierte en el personaje de ficción y más abarcadora obra del hombre posible: una mujer silueta que hace llover y te seduce al oído, un barbudo polvoriento con sabiduría que crece en forma de canas, un sol cuyo poder místico va mucho más allá de sus rayos de luz, un profeta que lo mismo puede hablar diversas lenguas que cultivar el silencio, un Dios que castiga y moraliza, y otro que sólo se solidariza, un Dios que no necesita explicaciones y hasta uno que parte de la idea supremacista de que también nosotros somos una forma de Dios. Creer nos permite librar en el mundo de las fantasías el sentido de la realidad más pragmática. Hacer que las horas de vigilia encuentren un lugar en la historia que a duras penas, pero con hermosa belleza, hemos creado para que los significados se acompañen en un infinito rompecabezas cuyo principio y final siempre desconoceremos. Y creer en Dios es quizás la máxima aspiración que un hombre como artífice cultural puede tener. Pero desde esa elevación hasta el subsuelo, la vida está llena de creencias. Hay quienes creen en valores que han adquirido de su cultura, como el sufrimiento, el desapego, la productividad o el individuo. Hay quienes creen en la amistad o en la familia, en el amor o en el dinero, hay quienes creen en el trabajo o en la culpa, quienes creen en el esfuerzo, en la constancia o en el conocimiento. Hay quienes creen en la excelencia, en que todos los días se puede ser mejor. Hay quienes creen que las drogas producen un estado de conciencia que abre nuevas puertas del ser. Y hay quienes creen en los sueños, en la hipnosis, en la terapia, en la brujería, en el naturismo, como medio de aportarle propósito a su vida. Mientras creemos, llenamos de identidad nuestra existencia. Le damos peso al respiro. Nos diferenciamos de otros, bien sea que con intolerancia querramos su extinción o que con sosiego pensemos que podemos coexistir. Pero creer siempre nos da color. Nos hace una nota en la canción de la vida. Nos hace sentir parte de la orquesta. El problema está cuando creer es un acto que se esfuma. Bien sea porque estamos deprimidos, porque la educación nos permite saber que, detrás de cada creencia, hay un por qué, desmenuzable y cuestionable, porque la realidad nos demuestra que lo que creemos es relativo, caprichoso o depende de ciertas circunstancias. Sólo hay ciertas fuerzas que están más allá de lo que podamos abordar o cuestionar con nuestra razón, como por ejemplo, la motivación que como padres sentimos por amar, proteger, educar y brindar una buena vida a nuestros hijos, que pareciera es una fuerza indeleble de la naturaleza, en pro de la preservación de la especie, que no depende de lo que creamos, de la idea que tengamos de nosotros mismos, de lo que esperemos o aspiremos de la vida. De resto (hay tantas variadas excepciones como personas hay), creer parece ser una espuma que se sostiene por tiempos, a veces prolongados, a veces diminutos, y que nunca parece ser absoluta. Ocurre, sí, porque podemos decidir no creer en ciertas cosas, pero es imposible no creer en nada nunca. De creencias está hecha también nuestra madera. Pero así como algunas de ellas nos ciegan y son deconstruidas con educación y procesos reflexivos o científicos, las creencias se nos desplazan como el vacío de una alfombra, que cuando crees tener solucionada a un lado, se ha abombado por otro insospechado. Es un buen problema para tener. Creer puede negarnos y convertirnos en animales estupidizados, como los nazis el siglo pasado, los cristianos de la edad media, los fanáticos fundamentalistas o la fiebre revolucionaria comunista, que sustituyó a Dios por una doctrina política. Pero sin creencias no hay apuesta, no hay la búsqueda de un orden, no hay propósito. Deja de haber un vaso medio lleno o medio vacío: está todo vacío. Tomando en cuenta entonces que las creencias absolutas coinciden con seres humanos más parecidos al resto de los animales, de un uso mínimo del lóbulo frontal, tendientes a las reacciones extremas como el asesinato o la intolerancia, y que, por otro lado, la educación deconstruye los grandes, los medianos y las pequeñas creencias, aunque no puede evitar que ellas existan, algunos seres vivientes estamos condenados a vivir en la medianía.

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