Wednesday, June 19, 2019

III

Hay días, horas, semanas, épocas en las que creer, aunque siga estando ahí (nos levantamos porque creemos que debemos hacerlo por un conjunto de razones más, a menos de que estemos clínicamente deprimidos), no se ve. Se vuelve invisible. Nuestras creencias son mínimas. Nos alcanzan para sobrevivir. Quizás para sonreír en un par de ocasiones en el día. Y listo. Nos alcanzan para estar en el terreno que más o menos hemos decidido, en el cuadrilátero de la ética personal, dentro de los límites de la convivencia, en los parámetros aceptados de responsabilidad y alguno que otro permiso personal al que hemos acostumbrado a nuestro entorno: ponerle mucha azúcar al café, escuchar el noticiero, pararse muy temprano, quedarse callado al terminar el trabajo. Pero a las creencias les cuesta subir de volumen. Sobre todo hay una época en la vida, quizás esta a la que yo estoy llegando, en la que uno sabe ya por los años recorridos que nada será suficientemente absoluto e importante como para que la vida mágicamente se convierta en otra cosa. Usted puede sufrir una gran desgracia o ganarse la lotería, ser muy reconocido en lo que hace o ser abandonado, y a la postre, pasado el golpazo, las cosas volver a valer lo mismo. Sufriremos el mismo dolor o el mismo malestar si nos enfermamos. Nos moriremos y padeceremos la desaparición de nuestros seres queridos, como cualquier vecino mortal. Lloraremos la partida de nuestras mascotas. Nos pondremos de mal humor cuando tengamos sueño o hambre. No hay revolución, religión, cultura ni ideologías que haya borrado la línea de nuestras limitaciones, alcanzado las ficciones de la trascendencia o resuelto el enigma que supone estar vivos. No ha habido manera de zafarnos, desde que estamos conscientes de nuestra existencia, de esta comprobación de absurdidad de la vida, que empieza y termina sin explicación aceptable. Eso sí, la historia abunda en explicaciones que han servido a grupos para hacerse del poder y obtener sus objetivos. Desde que el hombre es hombre se ha hecho de verdades que le han permitido organizar la sociedad, avanzar en sus creencias, hasta que dicha civilización decae y da paso a una nueva que impone sus creencias nuevas, evolucionan con su poder y decae. Y así. En ese camino las civilizaciones han ido avanzando, tomando el conocimiento previamente adquirido, modificando sus valores. El hombre moderno ha descubierto hace unos cuantos siglos, por ejemplo, que la idea de Dios es eso, una idea. Y que como idea es tan válida o rebatible como la ida de otro Dios, con otra lógica, o la idea de que Dios no existe, o, incluso, una tercera idea que es la de no saber si Dios existe o no. En tanto que esto ha sido descubierto, se ha aceptado con los siglos que no sólo existe la idea de Dios, sino las que vienen de nuestras culturas, las ideas que provienen de la ciencia, las ideas que viene cada individuo. Pero todas falibles. Se nos ha presentado la mística, la resurrección, el mercado, la solidaridad, el comunismo, el hinduismo y pare usted de contar, como ideas absolutas en las que, si usted se acoge, vuelve su vida una multiplicación de propósitos, un dechado de coherencia. Pero la verdad es que las ideas, por definición (desde que Aristóteles habló de ellas ha sido así), son una imagen, una representación de una manera de entender las cosas. Y toda representación es solo un espejo de la realidad. La realidad, por si sola, no significa nada. Entender esto ha liberado al hombre del yugo que ha comportado obedecer a las ideas de otro que está en el poder. Incluso aún cuando en el sentido fáctico existan regímenes totalitarios, la simple existencia de la educación es un antídoto, al menos a lo interno del ser, de que el conocimiento evoluciona, es dinámico, cambiante, y que no hay idea capaz de resistir los tiempos, ni poder que logre sostenerse en ellas. Y al estar liberados de ideas absolutas, el hombre ha encontrado la posibilidad de encontrarse a si mismo sin los escrúpulos impuestos, sin tener que rendirle pleitesía al poder, sea este mundano o divino. La vida se vuelve así un hecho creativo, cuyo destino y propósito es ordenado, por una parte, claro está, por el entorno inmediato y cultural que a cada ser humano le tocó, pero por el otro, por la libertad interior, que puede escoger a qué atenerse o no, elabora sus límites y sus desafueros. Si Dios no existe, como afirmó liberadoramente Sartre en sus conferencias, todo está permitido. Y cuando habla de Dios, dice uno que se refiere también a toda idea totalitaria. A la idea de que la vida deba ser tal o cual cosa para que tenga sentido anterior o posterior, a la idea de que, aún obedeciendo normas de la que no pueda escapar, requiera de un sistema de aprobaciones para que valga más o menos, pues el bien y el mal, la satisfacción y el vacío, son categorías creadas y comulgadas, pero no absolutas ni inamovibles. Porque son ideas. Son el reflejo de otros seres humanos respecto a la realidad, y no la realidad como tal, que está vacía de significados. Visto así, la vida se convierte entonces en una jungla desierta, que espera que nosotros le demos el color que mejor nos plazca, y que nosotros recorremos con la libertad que nos permite las normas que nos rodean, y las que decidimos escoger.

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