Wednesday, June 19, 2019
VI
Vivir puede darnos la impresión eventual de que se trata de un hecho extraordinario. Y la conciencia nos hace vivir nuestra historia, la propia y la colectiva, con un numeroso, nutrido y poderoso grupo de signos afectivos que nos hacen creernos parte de una historia, toda coherente, alucinante, excitante y épica.
Vale.
Pero están las pendientes bajas en las que nos desprendemos de todos esos significados, que desaparecen o cambian, y así como nos liberan del pasado (que sólo existe en nuestra psique), también nos dejan huecos como el inexplicable e insignificante enigma que somos.
Ahí es donde está el reto. En el desaliento. En que nada sea verdad. En que la vida se convierta en una apuesta aunque su escenario sea la nada.
Leo a Anne Sexton, una maravillosa poeta americana que intentó suicidarse diez veces hasta que lo logró (“fue un gran alivio”, afirma su hija, al presentar una antología de sus poemas varias décadas después), e identifico ese inevitable abismo que cualquier ser humano inteligente y sensible debe sentir al cerciorarse de que la vida, en ciernes, no tiene propósito.
Su obra versaba sobre ese recorrido. Sobre la insuficiencia del amor, sobre el atractivo con que la presencia de la muerte rondaba su vida, con lo vacío de sus actos. Sus versos son un hermosísimo homenaje al despropósito de la vida. Hasta que logró escabullirse.
Pero no puedo escapar a la sensación de que, con sus numerosos intentos y su éxito final, Anne no quería otra cosa que desquitarse. Expresar la enorme rabia que le producía que la vida no se estuviera sobre las ideas a las que tenemos acceso. Y que quizás se viera aún más contrastada viendo que la mayoría de la gente vive alrededor entorno a creencias que le son suficientes para hacerse un marco, sostenerse y obrar con un sentido aparente.
Su suicidio fue, en alguna medida, la respuesta a al vacío que producen las falsas expectativas.
Anne reclamó hasta morir. No pudo dar un paso más allá de su frustración.
A mi no me pasa eso. La vida es a veces jodida, y otras insoportablemente fastidiosa. Algunas veces se desvanece por su ausencia de sentido, o por lo indescubrible del mismo.
Y eso hace que algunos días sean exactamente iguales que otros, como gotas de agua, que parecen milagrosas y mágicas, pero que son invisibles, insignificantes y sin peso, a pesar de la teoría del efecto mariposa.
Para mí la comprensión de que la vida, en su arbitraria, exagerada o nula significación, solo me produce desaliento. No encuentro en ella la responsabilidad de darme o regalarme cosas de la que ni siquiera tiene conciencia, pues no es sino una comprensión abstracta que yo hago con mi masa encefálica.
Así que en mis peores días no estoy bravo de estar vivo. Sino que me da igual.
El desaliento se me convierte en un estado inerme, desde el cual, así como entiendo que nada vendrá, no hay lógica, la coherencia yuxtapuesta de los eventos es apenas una proyección de mi comprensión.
Estar ahí me permite entonces no esperar nada. Y ahí entonces ocurre el milagro del extrañamiento.
Darse cuenta de lo maravillosamente compleja que son las cosas sencillas no tan sencillas que nos rodean: el aire y su composición química que nos permite respirar y estar vivos. El agua que tomamos, su transparencia, su presencia en nuestro cuerpo, su llegada a través de la lluvia, y en los mares y en los ríos.
En el desaliento somos capaces de notar, porque no se lo pedimos a la vida, la maravilla de nuestro cuerpo, tan increíblemente sofisticado en órganos, escrupulosamente distribuido en funciones, con sus arterias y venas comunicándoles como ciudades, con sus huesos funcionando como materia firme y la piel como biósfera que protege del resto de los espacios. Todo controlado desde el comando superior nervioso que es nuestro cerebro, donde están nuestras emociones y nuestro sentido de la belleza.
Y con ese sentido de la belleza nos apreciamos, sentimos lo que hacemos y nos llenamos de una motivación que nos permite, a su vez, construir todas esas creencias que nos dejan acumular conocimientos, creer en nosotros mismo, e inventar el mundo, protegernos de lo que de la naturaleza nos amenaza, y darle rienda sueltas a nuestras noblezas y a nuestras más primitivas fuerzas: la ambición, el amor, la propiedad, la trascendencia, el sentido de pertenencia.
Todo lo sublimes y salvajes que podemos ser. Lo constructivo y tanáticos. Todo lo amorosos y nocivos. Todo lo sofisticados y básicos. Todo parte de la nada. De inventar significados que no existen con nuestras capacidades.
Hasta que nos olvidamos de que esos significados eran arbitrarios.
Y pasados años, décadas, o generaciones, nos volvemos a acordar. Porque nos ha tocado vivir el absurdo de la guerra o el destierro. O simplemente un ser amado nos ha abandonado. Y todos se pone en perspectiva. No somos nada. Sólo somos lo que podemos crear. Pero esa creación es ficticia. Es un pacto, un acuerdo, que un día, tarde o temprano, se va.
Desde el desaliento creamos y somos libres. Y al desaliento volvemos cuando se nos arranca cuanto hemos erigido. Como Sísifo.
Y la batalla sigue ahí. En que, más allá de la supervivencia de la especie, vivamos para que sea bello. Aunque no tengas fe. Que insistamos, aunque nadie lo vea y en realidad no signifique nada.
En vivir como un acto de magia. Sabiendo que alguien vendrá a descubrirlo. Con el agravante y el privilegio de que ese alguien puedes ser tú mismo.
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