Wednesday, June 19, 2019
V
V
Toda causa de impulso, toda creencia, es relativa. Toda sensación de absoluto es un espejismo. Nada significa nada a menos de que le prestemos el significado. Las cosas en realidad son solo cosas, sin lo que nosotros le añadimos desde nuestro cerebro. Y nuestro cerebro, y su capacidad para producir creencias, es, digamos, para no ser desconsiderado con nuestra marca diferenciadora, único.
Único, que quiere decir, arbitrario, auténtico, de su propia cosecha. Así que nuestras historias, puede que lleguen a ser relativamente universales, empíricamente comprobadas, y hasta comúnmente aceptadas como justas, o bellas, u oscuras, tenebrosas, deshonestas.
Pero siempre son eso. Historias.
La vida en general, en ciernes, está ausente de significados.
Sólo que, nosotros, para poder vivir, le fabricamos permanentemente significados, sentidos, contenidos afectivos. Todo cuanto está a nuestro alrededor lo convertimos en símbolo.
Algunos individuos, grupos y comunidades culturales, pasan la vida jurando que sus creencias son absolutas y que el resto de la humanidad, pobres de ellos, no han podido encontrar “la verdad”.
Para otros, en cambio, el mundo que nos rodea tiene siempre un recordatorio, escrito en letras chiquitas, que nos dice que, en realidad, todo cuanto pensemos es eso, una idea, un reflejo, una impresión. Y eso nos salva, nos limita de la intolerancia, nos quita la razón absoluta, nos hace flexibles, inseguros de cosas que pueden sentirse como verdades, nos permite pensar que quizás lo que ve el otro también vale, y nos abre la puerta a cambiar.
Pero también nos arruina. Nos pone a nadar la vida en el mundo de la relatividad. Que es un mundo rico, poliforme, infinito. Pero también, hay que decirlo, es un mundo mediano, leve, prescindible.
Cuando la vida es un acto consciente, o tiende a volverse consciente, al menos en vigilia, de que nada de lo que pensamos o percibimos es así, sino que es sólo nuestra manera de procesarlo, la trascendencia se vuelve un acto infantil, hipotético. La vida se vuelve un acuerdo. Una convención. Cambiable, perecedero, impuro, sin máximas sostenibles.
De alguna manera, eso nos salva (si nos acordamos) de los fetiches, los racismos, los supremacismos y los puritanismos. De las ideologías, del sectarismo y de la “otredad”. Al fin y al cabo, la percepción de que tenemos la razón o de que somos mejores, de que estamos en lo cierto o nuestro grupo es tal o cual cosa a diferencia de aquel otro que es tal o aquella, es eso, una percepción.
Así, la justicia es un acuerdo, por ejemplo, para que la vida en colectivo nos sea conveniente a todos. El bien es un conjunto de valores que escogemos entre todos para que más o menos coincidamos en que no está bien robar, matar o ser deshonestos (son valores de este momento de la historia de la civilización). Escogemos que unas drogas son moralmente aceptables y hasta cierto nivel, por encima de otras que decidimos no aceptables en ningún nivel.
Pero todo va cambiando. Las drogas de antes ahora no son aceptadas. El alcohol, por ejemplo, ilegal hace un siglo, ahora reina en el mundo entero. La poligamia, que hasta hace nada era un asunto de algunas religiones, comienza a permitirse si se trata de una decisión consensuada que respeta las individualidades.
Y la idea de que los negros, los homosexuales o las mujeres pertenecen a una categoría distinta de congéneres, natural hasta hace apenas décadas, hoy es completamente despreciable.
Por eso hay valores que parecen grandes paradigmas de los que sospecho desde muy en el fondo, y me he atrevido a racionalizar, como la excelencia, por ejemplo. La excelencia académica o profesional son como un alto estandarte que se repite en uno y otro ámbito como si tal cosa de verdad existiera. Como si en efecto trabajando más o estudiando más pudiéramos ser mejores o distintos.
Como si, de alguna manera, pudiéramos vivir en la fantasía de que la vida no es sino esta medianía, a veces soporosa e insignificante, en la que nada en realidad importa demasiado, excepto por los significados que cada uno de nosotros le da. Significados que, además, no son solo relativos y arbitrarios, sino que encima varían en el tiempo.
Es desolador. O puede serlo.
En el fondo, todos somos, o mejor lo digo a título personal, no puedo ser otra cosa, que un mediocre. La verdad objetiva (que no existe, porque ni siquiera los objetos son tales, esa es una categoría que hemos inventado) no tiene significados distintivos que sean universales, sino, en todo caso, compartidos, acordados, pero siempre relativos y perecederos.
Así que mi unicidad es tal solo en tanto que la noto. Y notarle es ya un acto individual, que sólo existe en la cabeza de cada uno de nosotros.
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