Wednesday, June 19, 2019
IV
IV
El problema es precisamente ése. Que el descubrimiento de la libertad es, también, el descubrimiento de la nada. El pensamiento crítico hijo de la ciencia, que tanta civilización ha traído y que ha disminuido tanto nuestra crueldad, en comparación con tiempos remotos, mantiene a raya nuestras creencias, nos hace libres y nos invita a empoderarnos para construir el mundo como mejor lo imaginemos.
Depende de nuestra voluntad. Y la voluntad no se compra. No se decreta. No se estimula.
Uno puede tener disciplina. Hacer ejercicios a las 5 am independientemente de que quiera o no, y al final, antes de bañarse, agradecer haberse parado aunque todavía no hubiese amanecido, para sudar un poco.
Eso no quiere decir que uno tuviese ganas de hacerlo. Y sin ganas no hay voluntad. Y sin ese deseo, aún haciendo las cosas, esas cosas, no tienen significado. Porque los significados los hace la experiencia hacia el pasado, pero hacia el futuro, depende de nuestras creencias, de nuestro sueños, de nuestros anhelos.
Y nuestros anhelos, apuestas, creencias y sueños, así como las religiones, son todos discutibles, relativos, cuestionables.
Uno puede tener el ímpetu genuino y cándido de construir una empresa, cualquiera que ella sea, y si a eso de las dos de la tarde, porque ha bajado la producción química del cerebro, o porque nos hemos encontrado un obstáculo en el camino que nos hiere, o nos amenaza o nos produce mucha flojera, ir y encontrar una razón para seguir (a menos de que sean tus hijos, que son razones que están más allá de ti), visualizar un constructo lógico que nos recuerde por qué queremos y para qué lo que estábamos haciendo, es muy difícil.
No es difícil elaborarlo, no. Las editoriales del mundo están repletas de libros que le mercadean a muchísimos lectores caminos para darle significado a las cosas, para aprender a ser ellos mismos, para vivir con fe. El problema de todas esas verdades a media es que no se sostienen. Porque todas son un acto de fe.
Y la fe, qué pena volverlo a decir, es, en el mejor de los casos, como el sol, que a veces se nubla, o pierde fuerza en invierno, o no se ve en seis meses, si estás en un polo. La fe es una llama arbitraria, que está o no está, no puede construirse. Se nutre de deseo, y el deseo es, como la fe, caprichocito, anómico, indómito.
Contar con la fe es, a fin de cuentas, volver al principio. Suelte a un gorila que hubiese estado encerrado en su jaula y verá como no necesariamente sale a disfrutar de su libertad. Hasta que un día la curiosidad lo pica.
Muchos religiosos a ultranza (y cuando digo religiosos no me refiero a penas a los que son activos en una religión, sino a los que están encausados en alguna doctrina -política, religiosa, moral) repiten mantras que les hacen regresar al camino que se han trazado para vivir de una y otra manera.
Hasta los alcohólicos consiguieron su “concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar, y la sabiduría para saber la diferencia”. Que es una afirmación llena de comprensión, posibilidades y esperanza. Pero aún la verdad más universal desvanece de significado cuando nosotros no estamos en capacidad de dárselo.
Y, qué fastidio yo, no siempre creemos. No siempre estamos en disposición para darle un manto de sentido a las cosas, a las palabras, a las ideas.
Así que en ese lindero vivimos. En el de la lucha entre la ausencia de significados y los significados absolutos. Los significados que le damos a las cosas nos hacen humanos. Toda la gracia de nuestra existencia, toda posibilidad de satisfacción, todo eso que llamamos felicidad -que no es sino la visión subjetiva que tenemos de nosotros mismos en un momento determinado- no es posible sin nuestra capacidad, arbitraria y alterada, de darle significados a las cosas.
Pero por otra parte, la razón que nos liberó de las creencias absolutas, las herramientas que nos han permitido no ser objeto del yugo del Dios de algunos o de las religiones políticas de otros, nos hacen saber que nuestras ideas, con los significados que les hemos impregnado y lo que creemos en ellas, son siempre relativas, pueden ser vistas desde muchos ángulos, pueden significar otras cosas distintas o exactamente lo contrario según donde se vean.
Y tener eso claro nos hace tolerantes, nos mantiene abiertos, nos permite que nuestra idea tome de otras ideas y se modifique.
Pero también le resta volumen a la creencia original que produjo esa idea y su significado.
Y nos pone a vivir en la medianía.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
I
Nunca he planeado seriamente el suicidio. Me he peguntado agudamente en varios periodos de mi vida y con distintos estados emocionales para ...
No comments:
Post a Comment